Radio Sucesos 101.7

“Prométeme, cuando seamos ricas…”

Por Ramiro Díez

El invierno de Paris en 1915 había sido inclemente. Y una noche de diciembre, cuando el reloj marcaba las once, en la calle Belleville, un gendarme que hacía guardia, escuchó el grito de una mujer. Corrió y la encontró tirada, sobre unas escaleras, en una charca de sangre. Pensó que la habían asaltado, pero enseguida se oyó el idioma universal del llanto de una niña acabada de nacer. Allí, a la luz de una farola, la mujer acababa de dar a luz.

El padre de la niña era un acróbata de circo miserable, que nunca la conoció. Cuando supo que su esposa estaba en embarazo, salió a tomar una copa, para celebrar, y nunca regresó. La madre era una mujer alcoholizada que cantaba en cafetuchos y que terminó abandonándola. La niña, entonces, fue criada por su abuela materna, una mujer que alimentaba a la niña con vino, no con leche, con la idea de que así mataba los parásitos, y tenía el extravagante oficio de “domadora de pulgas”, aunque nunca pudo domesticar una moneda y la pobreza fue su compañera permanente. Al final, esta abuela la entregó a la abuela paterna que la llevó a una casa de prostitución que ella administraba, para que las mujeres del lugar atendieran a la pequeña. La niña se llamaba Edith Giovanna Gassion y cantaba en las calles con Simone –su hermanita menor– mientras hacían maromas e intentaban recoger alguna moneda para calmar el hambre. Las niñas dormían en la calle, en cualquier parte, y un día, cuando ya Edith era adolescente, un mafioso que pasaba por el lugar la escuchó cantar. Decidió salvarla, llevarla a cantar a sus cabarets y lo primero que hizo fue darle alimento y ropa para que pudiera actuar. Empezó a llamarse Edith Piaf, y a conmover el mundo con su voz insuperable de gorrión.

Al mafioso lo mataron una semana más tarde y Edith Piaf se vio otra vez en la calle, cantando en cualquier parte, pensando que todo había sido un sueño feliz de siete días.

Después, por su talento y su suerte, su vida fue una sumatoria de éxitos profesionales, de amores frustrados y dolores eternos, entre ellos la adicción a la morfina. Ya, en sus últimos días, ella recordaba un momento de su niñez que todavía le arrancaba lágrimas, a sus ojos que tanto habían llorado.

Era una noche de navidad y ella y su hermanita menor cantaban en la calle, en medio del frío, intentando recibir alguna moneda de los caminantes distraídos, felices, indiferentes a la soledad de las niñas. Agotadas, bajo un puente de París, Simone, la hermanita menor, le dijo a Edith: “Prométeme que cuando seamos ricas compraremos una hornilla para tomar sopa caliente”.

En ajedrez, los sueños y sacrificios de las damas duelen menos, y son siempre más ambiciosos.