Radio Sucesos 101.7

Los malos alumnos de Pinochet

Son las 3 de la mañana. De repente, la puerta de su casa es derrumbada y un tropel de tipos armados llega arrasando con todo. “Al suelo, hijosdeputa”. Ese es el grito de presentación. Y aún, con las luces apagadas, se oyen disparos que, por suerte, van al techo. Enseguida, linternas contra sus ojos. Medio adormilado, usted no entiende lo que sucede. Aunque después de 10 segundos, lo comprende todo. Tiene la garganta seca y el corazón le revienta el pecho. Todo está claro: Ha sido descubierto. Usted es militante de izquierda y está en Chile, año 1973, una semana después del golpe militar.

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Esta historia la contó Enrique, un sobreviviente que ahora vive en Reims y que enfrentó aquella pesadilla, sabiendo que lo esperaba un interrogatorio con torturas, y después la nada. Los soldados requisaban la casa metro a metro, abrían cajones, volcaban muebles. Y, precisamente, bajo un mueble bien camuflado, apareció un maletín sospechoso. Nuestro amigo estaba totalmente perdido. Él, que era un alto militante de la Unidad Popular, guardaba allí varias de sus falsas identidades, para un caso de emergencia. Y algo más: allí había códigos secretos y direcciones de otras personas de alta importancia. También se podían encontrar datos de muchos militantes clandestinos que, a lo largo de esos años, se habían mantenido ocultos. Inclusive algunos de ellos pertenecían a partidos de derecha, para realizar tareas de espionaje.

Ahora, el maletín estaba en manos de un soldado que sospechaba de su valor, y empezó a violentar su cerradura. En ese momento, entró el comandante del operativo. “El maletín, mi mayor… parece importante”, dijo el soldado. El mayor ordenó al soldado que controlara posibles fugas por las ventanas, y exigió el maletín. Entonces lo abrió y miró uno a uno los papeles que significaban la detención, y hasta el fusilamiento inmediato de los dueños de casa. El oficial uniformado miraba los pasaportes y los comparaba con los rostros de terror de las personas retenidas en el mismo cuarto. Con cada papel que pasaba entre sus manos, el uniformado también aumentaba su cara de asombro, mal disimulada.

El soldado que descubrió el maletín, regresó y preguntó, inquieto: “¿Pasa algo, mayor?”. El oficial respondió con voz cansada: “Nada… nada de importancia. Papeles sin importancia. Controle afuera”. Y dijo a los dueños de casa: “Disculpen, señores. Vivimos tiempos complicados. Tuvimos una información falsa”. Y se despidió de nuestro amigo, tirado en el suelo, con una silenciosa pero elocuente mirada de reproche con la que le decía: “Guarda mejor esa información. Si hubiera sido otro, te habría costado la vida, güevón”.

Al día siguiente el maletín llegó a otras manos seguras y Enrique, a una embajada amiga.

En ajedrez son imposibles las complicidades salvadoras del bando enemigo.