Radio Sucesos 101.7

La pelea más dura

Por Ramiro Díez

Un gran peligro de la inteligencia humana es que suele producir idioteces. Una de ellas es, por ejemplo, llamar ‘deporte’ del boxeo a la negación del deporte.

Esa brutalidad, por supuesto, nunca ningún ministro del deporte ha pensado en prohibirla. Basta señalar que la única acción del boxeo —golpear y golpear–, descalificaría al culpable, en cualquier otro deporte. “El boxeo es invento de los blancos para gozar cuando 2 negros pobres se matan”, decía alguien. Uno de esos negros pobres se ganó la vida matando y haciéndose matar. Y su historia es impactante. Se llamaba Emile Griffith. De él decían que era homosexual y eso, en el deporte de los machos, era imposible. Además Griffith era una bestia que no rehuía el combate. Recibía palizas sin miedo y terminaba por acribillar a su adversario con ráfagas de puños. Sus combates eran siempre un mar de sangre, como exigen los aficionados.

Uno de esos encuentros fue contra el cubano Benny Kid Paret. Durante el pesaje, aunque Emilie Griffith solo hablaba inglés callejero, algo entendió de lo que en castellano, y en baja voz, le soltó Paret:
– Emilia… tienes nombre de mujer, maricón-.

Griffith no respondió, pero pensó: “Esta noche pelearás contra un maricón. Deberías haberte tragado las palabras”.

Griffith masticó su rabia en silencio, y cuando subió al ring y sonó la primera campanada, estaba enceguecido. Quizás por eso fue capaz de recibir la paliza más inmisericorde de su vida, sin retroceder, apenas con fuerzas para doblar los brazos y proteger su rostro. En el sexto round, cualquier ser humano habría detenido el combate para declarar victorioso al cubano Paret. Pero la multitud, frenética, aullaba exigiendo más violencia.

Enseguida, sacando fuerzas de donde no existían, Griffith acorraló a Paret y le propinó un torrente de golpes en la cabeza, en el rostro, en la quijada, que hoy siguen siendo un capítulo de horror en ese horror que es el boxeo. El árbitro tampoco detuvo en ese momento la pelea. El cubano parecía un monigote suspendido en el aire, sostenido solo por los golpes que recibía de Griffith.

Al final, ¡qué descanso!, Paret se desplomó, inconsciente, y murió 10 días más tarde en el hospital.

Desde entonces, Griffith fue un boxeador mediocre, horrorizado ante la idea de volver a matar a un hombre y por eso era cauteloso con los golpes. Tras 40 años, Griffith salió del closet y aceptó: “Sí, me gustaban las mujeres y los hombres. Pero nunca lo reconocí porque habría muerto de hambre. Nadie habría apostado un dólar a mi favor. Por eso, aunque nunca he estado tras las rejas, he sido como un prisionero. Y sigo sin entender algo: cuando maté a un hombre, todos mis amigos me acompañaron. Cuando descubrieron que amaba a uno, me repudiaron”.

Sin duda, la pelea más dura de Griffith fue contra la estupidez humana. Y la perdió.

En ajedrez, a diferencia de la vida y sin excepción, el triunfo siempre es de la inteligencia.