Radio Sucesos 101.7

Humillados y ofendidos

Por Ramiro Díez

Hubo en Rusia un hombre que habría podido ser psiquiatra, pero se dedicó a la literatura. Se llamaba Fedor Dostowiesky y escribió, entre otras, la obra llamada Humillados y ofendidos. Una de las maravillas de las buenas letras, es que sus personajes salen de las páginas y uno se los encuentra a la vuelta de la esquina, en la vida real. Allí hay humillados de todas las estaturas: desde el personaje sin nombre hasta genios lastimados por los atrabiliarios vocacionales.

Uno de ellos era un niño al que reyes y papas se disputaban para besarle las manos y escucharlo interpretar el clavicémbalo. La historia lo conoce como Wofgang Amadeus Mozart. Siendo adolescente entró a trabajar bajo las órdenes del arzobispo Colloredo, que manejaba la Corte de Salzburgo. Allí Mozart vivió las peores humillaciones, hasta el punto de impedirle, durante semanas, el acceso al clavicémbalo para ensayar y componer. En el momento de la comida, le asignaban el último lugar de la mesa, por debajo de toda la servidumbre del castillo. A sus pies pasaban las aguas negras. “Tengo que levantar los pies para no emporcarme los zapatos y debo taparme la nariz para poder comer”, contaba Mozart en una carta a su padre. El artista estaba virtualmente secuestrado por el arzobispo Colloredo, que no le permitía abandonar el castillo ni trabajar en otra parte. El padre de Mozart pidió al arzobispo una entrevista para poder atender, con su hijo, otros contratos.

La respuesta fue negativa, adornada de una serie de insultos y la sugerencia de que, una vez terminado el contrato, el joven Mozart se dedicara al estudio de la música.
Ante el fracaso de su padre, Mozart escribió esta carta rebosante de grandilocuentes elogios y de ácidas ironías, las mismas que, por supuesto, el arzobispo nunca alcanzó a captar.

Y le decía:
“A Su Alteza, El Reverendísimo Príncipe del Sacro Romano Imperio, Príncipe Graciosísimo de esta Región, y Señor y Señor:
A vuestra Eminentísima y Altísima Gracia no debo yo describir mis tristes momentos. Mi padre ya lo ha hecho de rodillas ante Vos, en súplica humildísima, en nombre de las urgencias que atravesamos. De Vuestra Serenísima Alteza no vino la generosa concesión que mi familia esperaba. Espero que vuestra Eminentísima y Altísima Gracia no tome a mal este ruego de mi parte. Con la más profunda humildad agradezco a Vuestra Graciosa Alteza todos los altísimos favores que he recibido y me declaro humildísimo servidor de Vuestra Gracia y Graciosísimo Príncipe de Nuestra Región y Señor y Señor. Humildísimo servidor, Wolfgang Amadeus Mozart”.

Finalmente, el arzobispo Colloredo aceptó que Mozart saliera del castillo y buscara otros horizontes. Habían sido tres años de pesadilla.

En la vida real humillan los pérfidos y los macabros. En el ajedrez, que también es otro mundo cruel, es tarea de la brillantez.