Radio Sucesos 101.7

El perro del silencio

Por Ramiro Díez

Ese día llegaron a los periódicos dos noticias casi al mismo tiempo. La primera hablaba de un perro. La otra, de un cantante.

La del perro sucedió en Río de Janeiro y hubiera podido acontecer en Bogotá o Lima, o en cualquier otra gran ciudad de América Latina: una madre salió a trabajar por la mañana y dejó a sus hijos encerrados en el rancho de latas y cartón.

Como cada día, dejó encendida una vela para que alumbrara a un santo protector, de mirada angelical. Parece que esa vez aquella figura de yeso amaneció distraída y en algún momento el fuego alcanzó un cartón de la pared y en segundos las llamas infernales se propagaron por el cuartucho, con los niños adentro.

En medio del horror impotente de los vecinos, que alcanzaban a escuchar los gritos de los tres niños, apareció un perrito callejero que se lanzó adentro del rancho y arrastró afuera a uno de los niños. Con sus lanas sucias chamuscadas, el perro repitió la operación y logró sacar a un segundo niño, ya casi asfixiado. Volvió por el tercero. Pero no volvió más. La techumbre se derrumbó y aplastó, quemó y mató al perro y al último niño.

La otra noticia contaba que el cantante acababa de inaugurar su parque privado de diversiones, copia de Walt Disney, para invitar a sus niños amigos.

Los periódicos seleccionaron, por cuestión de espacio, el informe del cantante. Del heroico perro nunca nadie dijo nada. Tiempo después se supo que el cantante había aprovechado tanto niño a su alrededor, para darle gusto a sus inconfesables gustos. Los niños, hijos de adineradas familias norteamericanas, dormían con el cantante a instancias de sus propios padres, admiradores del ídolo de la farándula. Hubieran estado más protegidos durmiendo con el perro de los tugurios que demostró, inclusive, ser más efectivo que el santo de yeso.

Por suerte, en ajedrez el heroísmo sí se reconoce.