Radio Sucesos 101.7

El desconocido que conocía el valor de la palabra

Sucedió en la antigua Grecia, en medio de una obra de teatro. En una escena, uno de los personajes, que hacía el papel de rey, salió vestido de harapos. En ese momento, uno de los espectadores, un muchacho adinerado, dijo en alta voz: “Yo quiero ser como él”. Aquel joven se llamaba Crates, aún no cumplía los 20 años y su acto despertó las burlas y carcajadas de los presentes. Entonces respondió con algo de irritación: “Cuando digo algo, es en serio. Y mañana, vosotros, incrédulos podréis ir a mi casa para apropiaros de todas mis riquezas”.

Al día siguiente la casa estaba rodeada de curiosos que querían ver lo que podría suceder. Tal como lo había prometido, Crates abrió el balcón y empezó a arrojar sus joyas, todo su dinero y sus lujosas ropas y pidió a la muchedumbre enloquecida que entrara por sus adornos y sus muebles. La casa quedó vacía. “Me llevo un bastón”, dijo, y salió semidesnudo, cubierto apenas con una tela ruda, anudada a la cintura.

A diferencia de Diógenes, aquel famoso del barril que llevaba una lámpara encendida con la que pretendía encontrar a un hombre a plena luz del día, para ironizar sobre la no existencia de alguien que mereciera ser llamado así, Crates era una fuente inagotable de bondad. Diógenes increpaba, debatía, se burlaba, despreciaba a los otros, de manera vocacional. Pero de Crates, nunca nadie escuchó una sola palabra que lastimara a alguien.

Crates renunció a todos los placeres del mundo, salvo al amor. Uno de sus alumnos, Metrocles, tenía una hermana llamada Hiparquía, considerada la más bella mujer de entonces. Cuando ella conoció a Crates, harapiento y feliz, decidió compartir su vida con él. La encumbrada familia de la joven amenazó con desterrarla o encerrarla, y ella respondió que acabaría con su vida. Juntos, entonces, vivieron escandalizando a todo el mundo. “Entendemos que los humanos se escondan para matar. Pero, ¿por qué se tienen que esconder para amar?”. Y hacían el amor donde querían, sin ocultarse de nadie. La pareja recorría los lugares donde se botaba la comida y la compartían con los perros, sin ningún conflicto. Cuando encontraban un animal lastimado, lamían sus heridas, para curarlo. Hiparquía y Crates dormían abrazados a los más pobres, para darles calor. Y compartían con ellos los alimentos que encontraban en cualquier lugar.

Un día los encontraron muertos, recostados contra un muro. Crates tenía 80 años. Hiparquía, un poco menos. Ambos eran como un saquito de huesos, resecos por el hambre. Y en sus rostros había algo parecido a una sonrisa serena.

La historia difícilmente los menciona.

En ajedrez, también, el gran momento llega con el sacrificio.