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El barrendero que merecía un Premio Nobel

Por Ramiro Díez

El mundo conoce la historia del niño que vio morir a su hermano menor de un ataque al corazón cuando jugaban. Juró entonces hacerse médico y salvar vidas. Era el doctor Christian Barnard, primero en trasplantar corazones. Era la Sudáfrica del Apartheid y en el segundo trasplante, por poner el corazón de un negro en el pecho de un blanco, fue sentenciado a la cárcel.

Razones: Aceptar a un negro agónico en el hospital y contaminar el cuerpo de un blanco. Barnard fue perdonado solo gracias a la presión internacional. Lo que casi no se dijo es que tras el milagro de la ciencia estuvo el barrendero del hospital. Cada trasplante era una obra perfecta, con un equipo de 20 especialistas contra el tiempo. Entre ellos, un hombre negro que para entrar al quirófano simulaba que barría afuera. Era el encargado de retirar el corazón del donante, en tiempo récord, y entregarlo, perfecto, para su implante. Ese barrendero, el mejor cardiocirujano del mundo, se llamaba Hamilton Naki.

Pero, ¿quién era, en verdad, aquel hombre? Era un negro. En Sudáfrica eso era menos que nada. De niño vivió en una casucha con paredes de cartón y latas, sin agua, y piso de tierra. Y un día tuvo suerte. En realidad, el mundo tuvo suerte cuando ingresó como jardinero en la Universidad del Cabo. Más tarde limpiaba las jaulas del Departamento Médico. Allí aprendió a anestesiar perros y cerdos, y presenció centenares de operaciones. Nunca recibió una clase. Solo su inteligencia y capacidad de observación fueron sus maestras.

Y solo Christian Barnard le rindió un homenaje celosamente silenciado, cuando dijo: “El doctor Naki, el mejor de todos nosotros, habría llegado lejos si no fuera por el maldito racismo”. Naki, un gran maestro como cirujano cardiovascular, siempre fue consultado por famosos cirujanos, y vivió hasta el último día de su vida con la pensión de humilde jardinero. Pero las manos mágicas del jardinero eran una cosa, y otra, las garras del Apartheid.

El Gobierno sudafricano, incapaz de arremeter contra Barnard, atacó al médico australiano que informó del donante negro. Le prohibió de por vida el ejercicio de la medicina, amparado en la ‘Ley de Exterminio del Comunismo’. La noticia internacional era para causar infarto: no se hablaba de la proeza científica, sino de la cuestión racial: ‘¡EL CORAZÓN DE UN NEGRO LATE EN EL PECHO DE UN BLANCO!’. Para completar, aparecieron los filósofos delirantes. Un famoso médico dijo: “Esto es la degradación final de la vida cristiana”.

El corazón del donante negro latió en el pecho del receptor unas 64 millones de veces, a lo largo de 563 días. Tiempo suficiente para dar gracias a la ciencia, al Dr. Barnard y, claro, al jardinero Naki. El ajedrez no es cuestión de color, sino de inteligencia.

Por Ramiro Díez